Decía la negra Mercedes Sosa, todo cambia y que yo cambie no es extraño.
El problema central para un pedagogo crítico es saber identificar
claramente las cambiantes formas de la opresión, que muchas veces se
disimulan en nuestras narrativas e imaginarios. Y como somos seres
sociales, a veces el compañero o la compañera ve primero aquello que nos
parece normal, correcto e incluso ideal, pero en cuya raíz larva la
opresión; en muchas oportunidades ello despierta nuestras conservadoras
reacciones y hasta actuamos de manera virulenta ante la invitación a
modificar recorridos. No es fácil el cambio incesante. Otras veces somos
nosotros quienes hallamos el laberinto del fauno en una
propuesta didáctica, un modelo de gestión escolar o el performance de un
juego escolar. Y en ese caso, mientras unos están dispuestos a
escuchar, analizar y discernir para cambiar, los otros responden con la
furia propia del instinto de supervivencia. En el cambio se juega la
vida. Lo importante es aprender a escuchar, oír, examinar para que lo
colectivo deje de ser un refugio para la inmovilidad y se convierta en
el soporte de las transformaciones.

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